Tengo que reconocer que me gusta el invierno. Siempre y cuando no tenga que conducir, me gusta cuando llueve, cuando el aire frío pega en la cara, y me gusta la niebla.

La verdad es que estaba deseando ver el más mínimo indicio de niebla, para poder fotografiarla. Todos los días paso cuatro veces por aquí, así que no se me escapó la oportunidad. Llegó la niebla y dejé constancia de ello.

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Para mí, la relaciono con un espacio para la soledad. Pasear entre la niebla es como pasear entre tus pensamientos, sin nada más allá. El lugar perfecto para tomar decisiones, sin interferencias. El lugar perfecto para repasar cómo lo llevas, para sopesar qué camino coger, para ver si merece la pena cada uno de esos elementos que conforman tu día a día.

Entrar en un campo entre encinas, con niebla, te transporta a un lugar misterioso, ideal para hacer uso de la imaginación. Lo aconsejo.

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Al final, todo consiste en cambiar esa visión triste de lo que te rodea en pura belleza.

Y en cualquier momento la puedes descubrir, consiste en no dejar de buscarla.

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Hay lugares que, en días soleados, suelen ser ruidosos, inquietos. Pero hay momentos como estos, con niebla, anochecido, que se transforman. Y quizás se conviertan en los ideales para pasear, para pensar.

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Porque, al final, la niebla se retira, y la vida sigue.

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