¡Hola!

Siempre digo de escribirte y siempre me fallan las fuerzas. Mucha cosas son las que quiero decirte, y las que quiero recordarte, pero no consigo plasmarlo en papel. Así que aprovecho este día para, por lo menos, decirte eso, que sigues aquí, aunque no te vea.

Y es que hoy cumplo nada menos que 42 años. Ya de “niño” nada, aunque por mí podrías seguir llamándome así siempre.

Por cierto, de celebración nada. Esto cada día se parece más a una carrera donde hay que darle vueltas a un circuito. Cada vez que termino una vuelta, sonrío, respiro hondo y a seguir corriendo. Aunque cada vez esté más cansado, pero más triste es ver cómo hay quien no llega a dar las mismas vueltas que yo he dado. Y más cuando son de mi mismo equipo.

Me da la sensación que vivimos un pelín engañados, creyendo que sirve para algo.

Como ya sabes, yo que era de tener gallinas, veo ahí el símil perfecto. Cuando eres un pollito vas como un loco, pero siempre confías en la protección de mamá gallina, donde encuentras cobijo y es quien te defiende de lo que sea. De ahí pasas a ser gallina, y ya solo tienes una labor, cuidar de tus pollitos, defenderlos y darles cobijo, siempre. Yo soy gallina, sin paso intermedio, y el caso es que de vez cuando necesitaría sentir lo que siente el pollito, pero ya no puede ser.

En fin, me comeré unas buenas habichuelas y empezaré otra vuelta.

No te veo, pero te siento. Un abrazo.